martes, 26 de julio de 2016

Viaje por el Quindío

En nuestra travesía por tierras colombianas, vamos topándonos con nombres topográficos que nos resultan muy familiares:
Andalucía, Armenia, Belalcázar, Candelaria, Cartago, Casablanca,  Córdoba, Ginebra, Filandia,  Montenegro, Palestina, Palmira, Riofrío, Trujillo y Versalles entre otros. Uno siente que está al otro lado de la simetría terráquea, salvando las diferencias, por supuesto.
























En el Valle del Cocora, en el Quindío colombiano, descubrimos el árbol nacional del país, también conocida como la palma de cera, pues tiene una resina en su tronco que en su momento sirvió para alumbrar en la noche. Hoy este árbol está protegido y se encuadra en el Parque Nacional de los Nevados, en una planicie de la cordillera central de los Andes colombianos.
El valle es un lugar mágico e inusual. A nosotros nos recibió cubierto de nubes y con una imagen casi onírica en la que las copas de las palmas, entremezcladas con los cúmulos parecían estrellas en una fresca madrugada.
No muy lejos de este lugar, se encuentra Salento, un pintoresco  municipio situado al norte de la ciudad de Armenia. Tanto su plaza central, con la iglesia de la Virgen del Carmen presidiendo, como la calle Real, muestran una artística paleta de colores en las fachadas de sus edificios. Prima el cuidado  y la atención con el que este lugar da la bienvenida al visitante. Si he de quedarme con un lugar en Salento, teniendo en cuenta lo fugaz de nuestra visita (poco más de 3 horas), ese sería el Café Barroco, http://www.barrocosalento.com/. El rincón idóneo para probar un delicioso café y deleitarse con la decoración y los acabados en madera de esta casa con apariencia colonial. El cuarto de baño está abierto a un patio trasero lleno de macetas y con vistas  a un pequeño valle.
Imprescindible: no dejar de probar la trucha frita sobre patacón (rebanada frita de plátano verde) en cualquiera de sus numerosos restaurantes y subir las escalinatas que van perfilando un curioso Vía Crucis hasta dar vista a toda la localidad de Salento. Arriba encontrarán bebidas y “dulcería” en caso de que el ascenso les haya abierto el apetito. ;)

En la vía Montenegro-Pueblo Tapao, se encuentra el Parque del Café. Para un onubense y una granadina típicos la idea que el nombre “parque del café” puede sugerir es la de una hacienda grande a la que se va a aprender cómo es el cultivo de este árbol y el proceso de manufactura del grano así como la observación del estilo de vida propio de un lugar altamente especializado. Pues bien, lo cierto es que habíamos aterrizado a un parque de atracciones. Efectivamente encontramos un museo sobre el café y un par de casas campesinas (no sabemos muy bien si puestas allí ad hoc o conservadas de una época anterior) así como un par de colinas con jóvenes cafetos de no más de un metro de altura. Pero el lugar está claramente destinado a la diversión y si es posible en familia con niños. Es una especie de Isla Mágica, mejor equipado y acondicionado hay que apuntar, con la posibilidad de dar un paseo a caballo y montarse en los botes chocones, especie de “coches de choque” pero en el agua o de asistir a la eucaristía a las 12:30 en la capilla de San Jerónimo, lo cual me llamó altamente la atención. Lo interesante del lugar es el emplazamiento, en una colina sobre la que se divisa un valle lleno de cultivos de plátano y la posibilidad de pasear entre bambúes y especies de plantas únicas. Muy recomendable, como digo, para pasar un día divertido y refrescante.

lunes, 18 de julio de 2016

Cali en 48 horas

El primer olor en Cali me recordó a la ciudad de Lima. Es una mezcla de humedad y trópico difícil de describir que inexorablemente me transportó a ese otro lugar de Latinoamérica que ahora está más cerca. Pero es al pasear por sus calles y especialmente en sus mercados donde todo vuelve a resurgir. Es la fruta y el olor a cítricos tropicales, no hay duda. 
En la bandeja del desayuno, el café me recuerda que estoy en un lugar privilegiado para el cultivo de este grano. El plátano frito envuelto en queso y las arepas, que las encontramos dulces, saladas, con queso o sin él, me abren el apetito. Al mediodía, pruebo una modalidad colombiana de arroz chaufa. El arroz está jugoso como pocas veces lo he probado. Lo acompaño de jugo de uva, buenísimo. Parece que en el valle del Cauca, donde nos encontramos, se da mucho esta fruta y Yamile, la decana de Comunicación, nos comenta que su hija se curó de Dengue bebiendo ininterrumpidamente este líquido durante tres días. 
De momento me quedo con las ganas de probar el Milto, especie de cola-cao y la Panela pero todo llegará. 
En la segunda visita al mercado, venimos con cuatro aguacates de vuelta :) Entre dos, suman más de un kilogramo de peso. Son pura mantequilla y en el tacto sabes que no hay engaño. No defraudan al paladar. 
Entre sus gentes, una se siente foránea, pero al mirar alrededor, percibes detalles comunes, rostros hermanos. Hay toda una variedad de tonalidades de piel. Sorprendentemente no nos encontramos entre aquellos con el tono de piel más claro. Hay un elemento africano  dominante en la dermis de numerosas personas. Es bonito y te hace pensar en el pasado de este pueblo.

Alguien nos recuerda que no podemos pasar desapercibidos, por la manera de hablar. Me alegra pensar que quizás por el aspecto sí. Ese chico, un comando de seguridad del recinto donde nos encontramos, nos comenta que tiene una tía viviendo en Andalucía. Se vuelven a dar las concurrencias. Hay que decir que los miembros de seguridad nos miran con curiosidad intentando averiguar informaciones varias sobre nuestra procedencia y quizás los motivos de nuestra estancia allí. Son jóvenes, educados y atentos.
 Amanece. Son las 05.55.