En nuestra travesía por tierras
colombianas, vamos topándonos con nombres topográficos que nos resultan muy
familiares:
Andalucía, Armenia, Belalcázar, Candelaria,
Cartago, Casablanca, Córdoba, Ginebra, Filandia,
Montenegro, Palestina, Palmira, Riofrío,
Trujillo y Versalles entre otros. Uno siente que está al otro lado de la
simetría terráquea, salvando las diferencias, por supuesto.
En el Valle del Cocora, en el
Quindío colombiano, descubrimos el árbol nacional del país, también conocida
como la palma de cera, pues tiene una resina en su tronco que en su momento
sirvió para alumbrar en la noche. Hoy este árbol está protegido y se encuadra
en el Parque Nacional de los Nevados, en una planicie de la cordillera central
de los Andes colombianos.
El valle es un lugar mágico e
inusual. A nosotros nos recibió cubierto de nubes y con una imagen casi onírica
en la que las copas de las palmas, entremezcladas con los cúmulos parecían
estrellas en una fresca madrugada.
No muy lejos de este lugar, se
encuentra Salento, un pintoresco municipio situado al norte de la ciudad de
Armenia. Tanto su plaza central, con la iglesia de la Virgen del Carmen
presidiendo, como la calle Real, muestran una artística paleta de colores en
las fachadas de sus edificios. Prima el cuidado y la atención con el que este lugar da la
bienvenida al visitante. Si he de quedarme con un lugar en Salento, teniendo en
cuenta lo fugaz de nuestra visita (poco más de 3 horas), ese sería el Café
Barroco, http://www.barrocosalento.com/.
El rincón idóneo para probar un delicioso café y deleitarse con la decoración y
los acabados en madera de esta casa con apariencia colonial. El cuarto de baño
está abierto a un patio trasero lleno de macetas y con vistas a un pequeño valle.
Imprescindible: no dejar
de probar la trucha frita sobre patacón (rebanada frita de plátano verde) en
cualquiera de sus numerosos restaurantes y subir las escalinatas que van
perfilando un curioso Vía Crucis hasta dar vista a toda la localidad de Salento.
Arriba encontrarán bebidas y “dulcería” en caso de que el ascenso les haya
abierto el apetito. ;)
En la vía Montenegro-Pueblo
Tapao, se encuentra el Parque del Café. Para un onubense y una granadina
típicos la idea que el nombre “parque del café” puede sugerir es la de una hacienda
grande a la que se va a aprender cómo es el cultivo de este árbol y el proceso
de manufactura del grano así como la observación del estilo de vida propio de
un lugar altamente especializado. Pues bien, lo cierto es que habíamos aterrizado
a un parque de atracciones. Efectivamente encontramos un museo sobre el café y
un par de casas campesinas (no sabemos muy bien si puestas allí ad hoc o conservadas de una época anterior)
así como un par de colinas con jóvenes cafetos de no más de un metro de altura.
Pero el lugar está claramente destinado a la diversión y si es posible en
familia con niños. Es una especie de Isla Mágica, mejor equipado y acondicionado
hay que apuntar, con la posibilidad de dar un paseo a caballo y montarse en los
botes chocones, especie de “coches de choque” pero en el agua o de asistir a la
eucaristía a las 12:30 en la capilla de San Jerónimo, lo cual me llamó altamente
la atención. Lo interesante del lugar es el emplazamiento, en una colina sobre la
que se divisa un valle lleno de cultivos de plátano y la posibilidad de pasear
entre bambúes y especies de plantas únicas. Muy recomendable, como digo, para
pasar un día divertido y refrescante.
























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